Para quién es esto (y para quién no) en Santander

En el Mercado de la Esperanza, un martes a las nueve y veinte de la mañana, se ven dos colas bien distintas: la de quienes compran para revender y la de quienes compran para cenar esa noche en casa. No es la misma clientela, ni el mismo producto, ni mucho menos el mismo margen.

Lo que trae un puesto de la Esperanza

A primera hora, en el pasillo central del Mercado de la Esperanza, Lidia Revuelta monta su puesto de conservas con una caja de cartón, una libreta de tapas duras y 240 euros en efectivo. Lleva once años haciendo exactamente lo mismo y sabe que el lunes no es día de grandes ventas, porque el lunes se compra poco y se pregunta mucho, y ese es un ritmo que ella ya tiene interiorizado desde hace más de una década.

Lo que le funciona es el género de Cantabria.

Sobre todo la anchoa del Cantábrico y el bonito del norte en aceite, porque el turista que sube desde el Paseo de Pereda reconoce el envase, mira la etiqueta y no discute el precio que le piden. No necesita un local grande: le basta un puesto con corriente de aire, un arcón que aguante el calor de agosto y clientes que pasen cuatro veces por semana sin prisa. Lo que no le sirve, en cambio, es el escaparate bonito de la calle Hernán Cortés, donde paga un alquiler alto y solo vende a quien entra a mirar por curiosidad, no a quien viene decidido a comprar.

Su caso define bien el perfil.

El caso de la tienda de Cuatro Caminos

En la zona de Cuatro Caminos, junto a la estación de autobuses, Álvaro Peña abrió hace dos años una tienda de ropa de trabajo y calzado de seguridad, empezó con 15.000 euros de ahorro, un local de 38 metros cuadrados y la idea de captar al operario que baja del bus a las siete de la mañana con el bocadillo en la mano. Vendió 4.100 euros el primer mes y 9.800 el tercero, justo cuando los talleres del polígono de Candina empezaron a hacer pedidos por teléfono, y ese fue el momento en que entendió que su cliente no pasea, sino que pasa.

Le encaja el barrio porque hay paso real de gente que trabaja. Lo que no le encaja es el centro: probó un fin de semana en un local de la calle Burgos y no vendió ni una bota de talla 43. Hay un detalle que casi nadie calcula antes de firmar el contrato de alquiler. Álvaro tardó catorce meses en cubrir gastos, no seis, y en ese tiempo pagó 1.150 euros mensuales de alquiler más 180 de autónomos, lo que significa que quien no aguante ese tramo no debería empezar por aquí. Su clientela es fiel pero estrecha: si el polígono para dos semanas en agosto, la caja lo nota de inmediato y cualquier turista de El Sardinero le va a comprar unas botas de puntera reforzada.

Quién no debería intentarlo

El error más repetido es abrir pensando en el visitante de julio y agosto.

Santander recibe mucho turismo, es verdad, pero concentrado en once semanas, y una tienda no se sostiene con once semanas de facturación alta mientras los otros diez meses hay que pagar alquiler, luz, seguros y autónomos. Si tu producto solo funciona cuando hay gente de fuera, este no es tu sitio. Punto.

Tampoco es para quien necesita facturar desde el primer trimestre, porque entre licencia de apertura, alta de actividad y el primer stock decente, en Santander se van fácilmente entre 4.000 y 12.000 euros antes de ver un solo cliente, y eso sin contar el escaparate, el rótulo ni el datáfono. No es para quien vende online y busca una tienda como almacén: el alquiler de un bajo en el centro ronda los 900 euros al mes por 50 metros, y ese dinero no se recupera con pedidos que llegan por internet, se recupera con gente que entra por la puerta. Si tu negocio es la web, alquila un trastero en el polígono de Raos y ahórrate el escaparate. Y no es para quien quiere un horario cómodo, porque el comercio de barrio aquí abre de diez a dos y de cinco a ocho, y quien monta un puesto en la Esperanza está en pie a las seis y media. Quien no acepte eso, mejor que no empiece.

Dos perfiles que sí encajan

Marisa Cobo regenta una mercería en la calle Vargas desde 2011. Vende botones, cintas y cremalleras, y su facturación no ha caído con las grandes superficies porque su clientela cose en casa y no encuentra esas tallas en otro sitio, llegó con 3.000 euros y una máquina de coser vieja, y le va bien el barrio porque la gente mayor baja a diario a la compra.

El segundo perfil es el del obrador pequeño que vende en dos o tres puntos fijos.

Si produces cerca y vendes cerca, el margen aguanta sin sobresaltos, pero si produces lejos y traes género cada semana, el transporte se come la diferencia y el negocio se queda sin aire. Los números mandan siempre. Un comercio de este tipo en Santander necesita entre 60 y 90 ventas diarias para vivir con holgura, y eso no se consigue con carteles bonitos ni con una cuenta de redes sociales bien llevada.

  1. Lo que trae un puesto de la Esperanza A primera hora, en el pasillo central del Mercado de la Esperanza, Lidia Revuelta monta su puesto de conservas con una caja de cartón, una libreta de tapas duras y 240 euros en efectivo. Lleva once años haciendo exactamente lo mismo y sabe que el lunes no es día de grandes ventas, porque el lunes se compra poco y se pregunta mucho, y ese es un ritmo que ella ya tiene interiorizado desde hace más de una década.
  2. El caso de la tienda de Cuatro Caminos En la zona de Cuatro Caminos, junto a la estación de autobuses, Álvaro Peña abrió hace dos años una tienda de ropa de trabajo y calzado de seguridad, empezó con 15.000 euros de ahorro, un local de 38 metros cuadrados y la idea de captar al operario que baja del bus a las siete de la mañana con el bocadillo en la mano. Vendió 4.100 euros el primer mes y 9.800 el tercero, justo cuando los talleres del polígono de Candina empezaron a hacer pedidos por teléfono, y ese fue el momento en que entendió que su cliente no pasea, sino que pasa.
  3. Quién no debería intentarlo El error más repetido es abrir pensando en el visitante de julio y agosto.
  4. Dos perfiles que sí encajan Marisa Cobo regenta una mercería en la calle Vargas desde 2011. Vende botones, cintas y cremalleras, y su facturación no ha caído con las grandes superficies porque su clientela cose en casa y no encuentra esas tallas en otro sitio, llegó con 3.000 euros y una máquina de coser vieja, y le va bien el barrio porque la gente mayor baja a diario a la compra.